UNA MISMA ESPECIE: HOMO SAPIENS

“Cada vez que nace un niño, Dios aún espera del Hombre”, Rabindranath Tagore.

Hace 13.800 millones de años se gestó la unión, aún incomprensible en su origen, de información y energía, dando así lugar a la primera materia. La primera materia que explotó en el Bing Bang. Unos 4.700 años después, nació el Hombre.

¡Desde entonces han pasado seis millones de años! Respecto a hoy, recién nueve mil años atrás los primeros recolectores comenzaron a echar las primeras semillas y se hicieron, agricultores de sembradíos, unos ocho mil años atrás. Y desde entonces el hombre ha ido creando comunidades y relacionándose entre sí.

A medida que el tiempo ha pasado y que el hombre ha ido evolucionando, su inteligencia vincular ha quedado joven, inmadura. Como detenida a causa de los propios pensamientos y de los factores que, en algún momento nos ayudaron a subsistir: la competencia, la sustitución de lo que nos falta por otra cosa que no exactamente lo que necesitamos, el afán por compararnos entre nosotros. La más conocida como “la ley de la selva”. Y así, en esta selva de sobrevivientes desarrollamos mucho nuestra inteligencia tecnológica. Una muestra mínima es el telescopio espacial Hubble gracias al que, hoy, los astrónomos físicos, tienen en sus manos las primeras fotografías de Saturno.

Sin embargo, aún entre nosotros aflora la competencia, y nos disgustamos porque alguien es más flaco, o más gordo, o más poderoso, o más rico, o más pobre, o más angustiado, o más sonriente. Nos disgustamos por casi todo. Hacemos de cuenta que nos queremos pero en nuestros fueros internos, quisiéramos ser los mejores de todos. Cuando, esa aspiración es imposible si no empieza por aceptarnos a nosotros mismos. Al aceptarnos, aceptamos a los demás. Y quizás, en ese único y fugaz intento, de aceptarnos se produzca la magia fugaz, de sentir que todos los demás, son. Lo que son. Porque aceptamos que somos lo que somos. Algo que parece sencillo en palabras pero sólo es simple, si se siente.shadow-113391